La fábrica de nubes (III)

Viene de La fábrica de nubes (I y II)


De cómo huí





Decía De Saint-Exupery en El Principito que “las serpientes no tienen veneno en la segunda mordedura”, por lo que sólo tienes que dejarte morder una vez para sentirte libre. También hablaba de que “cuando el misterio es demasiado grande, es imposible desobedecer”. La vida es tan complaciente que lo malo, en la mayoría de las ocasiones, es el camino más recto hacia lo menos malo, o hacia lo mejor, selváticos senderos que hay que recorrer para encontrar por fin las praderas. Lo infructuoso de esta afirmación es que también funciona en sentido inverso, es decir, que cuanto más te acercas a la miel, las abejas también están más al acecho para hincar su aguijón.
Cuando tan sólo era un niño ―en edad, me refiero―, podía pasarme horas enteras en la oscuridad sin miedo alguno. Pero aquella negrura nunca llegó a morderme y cuando crecí ―también sólo en edad― su veneno todavía estaba intacto para devorarme en cualquier momento.
Y así, aquella noche en Chacocente, llegué hasta aquella playa oscura que me ponía en el camino recto hacia mi fábrica de nubes, según me había aconsejado Felipe, pero también a la espera de mi primera mordedura para por fin encontrar mi desobediencia.
Las olas de Chacocente me habían expulsado a la orilla con la misma fuerza que mis brazos habían nadado hasta aquel último impulso. Agradecí el empujón del mar para poner fin al esfuerzo agotador y poder coger aliento en la calidez de la arena. Fueron diez, quince segundos a lo sumo de descanso. Cuando el aire entraba por fin directo en mis pulmones, casi sin peldaños de ahogo en cada respiración, un fogonazo de luz intensa veló mi mirada hacia un blanco aniquilador.
―¡Higoeputa, huevón, voy a darte candela hasta que gomites sangre! ―me decía una voz ronca mientras me zarandeaba con fuerza― ¡Si es que no aprendéis, lameguevos, pinga de cheles. Por mucho que os reparta, no aprendéis!
Conseguí fajarme de aquel individuo después del tercer impacto de sus botas sobre mi estómago. Aquella debía ser la oscuridad que por fin me había mordido y de qué manera. Corrí en aquella negritud sin saber hacia donde, como una rata asustada que huye en diez direcciones distintas. Un nuevo fogonazo en mi cara me hizo desorientarme otra vez y caí en la arena. Después, repté en aquel suelo que creí sería mi última morada, pero aún tuve fuerzas para levantarme y correr de nuevo hacia el mar que la luna cómplice consiguió alumbrarme. Unos silbidos que casi rozaron mi cabeza fue lo último que conseguí escuchar antes de zambullirme en el agua, balas, sin duda, de las que me alegré no llegar a conocer su mordedura.

Nunca me sentí más aliviado por no tener aire en mis pulmones mientras buceaba, y por no necesitarlo tampoco, por preferir morir en un mar que no me dejaba respirar a hacerlo por no sé qué individuos y por qué razones. Saqué la cabeza cuando ya no podía más y vi aquellas luces de linternas ya un poco más lejos. Dejé de nadar, por falta de fuerzas más que voluntad. Creo que llegué a dormirme en el agua. Allí estaba mi muerte y era un estado plácido. Mi última visión fue de unas nubes que empezaban a rodear a la luna blanca, menguante, claro, casi muerta. Después, todo se volvió negro.


2 comentarios:

Ana dijo...

Aunque de niña siempre fui bastante bicho, quiero recordar que la oscuridad me daba miedo. Entrar a una habitación fundida en negro sin compañía se me antojaba algo semejante a adentrarse en el hotel de "El resplandor" para buscar a las macabras gemelas o facilitarle la labor al Conde Drácula, entregándole mi casto cuello en la espesura de la noche.
Ahora me asustan otras cosas, ignoro si más o menos irracionales.
En tu caso, creíste morir en el agua debido a tu valentía precoz.
Me pregunto qué clase de necio sería capaz de disparar a un vendedor de nubes.

Besos en penumbra.

El Vendedor dijo...

A Ana:
a veces, los vendedores de nubes nos adentramos demasiado en la oscuridad para buscar mercancía y el peligro acecha. Tú lo sabes tan bien como yo. Encontrar una buena nube para después venderla no es tarea fácil y, en mi opinión, creo que los compradores no le dan el valor que en realidad tienen.