Cuando llegué, callejeé por las calles aledañas a Cascorro, esta vez sin rumbo fijo, de forma distinta a como siempre lo había hecho: "que si ahora por allí… No, ¿porqué por allí?; que si ahora por allá… pero aquí me siento…" Haciendo caso omiso a lo que mi mente decía y tan sólo obedeciendo a mis piernas. El dejarme llevar (algo para lo que antes no estaba preparado), me hizo sentirme diferente. Como dice Botto poniendo alma a Martín H: “ya no me siento parte de la ciudad. Yo soy la ciudad”.
Rastreé un poco entre los puestos, calle arriba y calle abajo, y me detuve en la zona de antigüedades para preguntar por ordenadores personales sin acceso a internet y móviles sin cobertura, aparejos poseedores de libertad y muy cotizados dentro de unos años.
Después comí algo, y aprovechando que hacía una tarde maravillosa, decidí irme al nubódromo. Hacía tiempo que no iba. El nubódromo es un lugar parecido a un circuito de carreras, pero que en vez de competir, se sueña, y en vez de coches, caballos o galgos son nubes con jinete las que dan vueltas a la pista circular, despacio, mezclándose las nubes y también los sueños que contienen, los unos con los otros.
Esta vez el sueño fue de adolescente engreído, quizás por estar subido en mi Young Cloud del 84, pero también fue bonito. Soñé que en la presentación del libro que acababa de publicar, Compra Venta de Nubes, había un montón de caras conocidas (el Loko, mi Primo, Sulita Puñales que acababa de llegar, mis padres, Johan Schanabel y Power…) mezcladas con otras anónimas y desconocidas para mí. El ambiente era distendido y hablador, de un murmullo agradable, hasta que se hizo el silencio para que yo charlase sobre mi libro. Capté la atención de la audiencia sin demasiado esfuerzo, durante algo más de media hora, combinando mis impresiones sobre la literatura y las nubes con chistes ingeniosos y anécdotas graciosas. Cuando El Hurón, el maestro de ceremonias (que se negó a que hubiese Coca-Cola en el cóctel), me invitó a decir unas últimas palabras, yo le respondí que sí. Por primera vez tenía a un público abierto a mis pretensiones para expresar lo único importante, así que saqué unas cartulinas naranjas del bolsillo de mi pantalón y leí en voz alta lo que estaba escrito en cada una de ellas:
―Existen más de 30 conflictos armados, olvidados por la comunidad internacional, que generan desplazamientos forzosos de la población.
Después, se la entregué a mi padre y saqué otra.
―250 millones de niños menores de 14 años son forzados a trabajar en todo el mundo (en España, 250.000)
Esta vez se la di en mano a alguien desconocido y continué leyendo las cartulinas naranjas:
―En los países en vías de desarrollo viven 1300 millones de personas por debajo de la línea de pobreza, más de 100 millones de personas viven en estas condiciones en los países industrializados, y 120 millones en Europa Oriental y Asia Central…
―Regiones de Tanzania, cuentan con un índice de SIDA del 45%...
Y así una, otra, otra…, poniéndolas después en manos conocidas y en otras que jamás había visto.
La última cartulina la leí en medio de la sala, con el corro de mis invitados alrededor. Pero esa última cartulina no se la di a nadie. Simplemente extendí el brazo y, después de unos segundos, una mano anónima la recogió.
Ahora, una vez que he salido del nubódromo, tengo que descifrar a qué rostro pertenecía aquella mano, porque fue a la única que no le entregué nada. Entendió que hay moverse y agarrar la realidad para cambiar el mundo.
Ahora, una vez que he salido del nubódromo, tengo que descifrar a qué rostro pertenecía aquella mano, porque fue a la única que no le entregué nada. Entendió que hay moverse y agarrar la realidad para cambiar el mundo.
¿No sería la tuya, tú que me estás leyendo ahora?
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5 comentarios:
Recuerdo que estaba allí, porque al salir la noche habia llegado cargada de brisa otoñal.
Aunque no te acuerdes de mi rostro, sabes que fui yo.
Sabes que mi movimiento no es rápido, pero acaso las nubes se mueven por igual?
Un papel en blanco es un arma, que se carga con tinta. La mano guardó el papel, con ese gesto cómplice, de cuerpos que se sienten y no se miran a la cara.
Inquieta, crujió los nudillos, se apretó a tu espalda y juró que sólo daría la cara por los que nada más escriben la crónica roja de sus periódicos locales.
Teñi la cartulina de negro.
"La población supera los 6.000 millones de habitantes. En su gran mayoría vive sin leer esas cartulinas, ni nada que se le parezca, miran a otro lado"
No se me ocurre nada peor.
Para los anónimos:
Gracias por vuestras aportaciones, la que habla de nubes que se mueven despacio y la que conoce el poder de un papel en blanco.
Estoy seguro que, a pesar de querer ocultaros en vuestro anonimato, los dos tenéis mucho que decir.
Para Paranoico Ilusionista:
Por eso hay que leer las cartulinas en alto. No son más que mensajes en botellas, tiradas a la inmensidad del océano, pero te aseguro que algunas llegan a las islas de las miradas abiertas.
Conozco a un tipo, el Loko, que me hizo creer en ello
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