Hace un par de días, me llamó un tipo amable y dicharachero interesado en comprar nubes.
―Un pedido importante -me dijo-, unas ciento cincuenta en total. Regento una administración y se las quiero regalar a mis empleados por navidad.
Le convencí de que yo era la persona que estaba buscando ―no podía dejar pasar una oportunidad como aquella―, con amplia experiencia en el mercado y con un servicio post-entrega de lo más serio y avalado. Siguiendo sus instrucciones, le mandé un burofax adjuntando un dossier explicativo de la ofertanube, un presupuesto ajustado y la exigida factura proforma. Las condiciones de pago también las impuso él: a 30, 60 y 90 noches.
A las pocas horas me volvió a llamar, pero esta vez a través de su secretaria.
―Pedido aceptado ―me confirmó una voz femenina tan gélida como el hielo antártico.
Colgué el teléfono y apreté el puño de mi mano derecha con fuerza, con tanta euforia que las uñas llegaron a clavarse en la palma de la mano.
Ahora, con tiempo suficiente para pensar, creo que me he equivocado y entiendo el significado dañino de aquel puño cerrado. Las cuentas no me salen o, mejor dicho, no me satisfacen. El comprar y vender nubes no es una mera transacción comercial con moneda de curso legal de por medio, ni una operación financiera con rappels y descuentos. No quiero engrandecer mi cuenta bancaria ―solvente, por ahora―, con alejamientos de sueños. Si al menos me pudiese pagar con brisas de mar…
Le llamaré hoy, también a través de su secretaria, claro, para desestimar su demanda.
―Un pedido importante -me dijo-, unas ciento cincuenta en total. Regento una administración y se las quiero regalar a mis empleados por navidad.
Le convencí de que yo era la persona que estaba buscando ―no podía dejar pasar una oportunidad como aquella―, con amplia experiencia en el mercado y con un servicio post-entrega de lo más serio y avalado. Siguiendo sus instrucciones, le mandé un burofax adjuntando un dossier explicativo de la ofertanube, un presupuesto ajustado y la exigida factura proforma. Las condiciones de pago también las impuso él: a 30, 60 y 90 noches.
A las pocas horas me volvió a llamar, pero esta vez a través de su secretaria.
―Pedido aceptado ―me confirmó una voz femenina tan gélida como el hielo antártico.
Colgué el teléfono y apreté el puño de mi mano derecha con fuerza, con tanta euforia que las uñas llegaron a clavarse en la palma de la mano.
Ahora, con tiempo suficiente para pensar, creo que me he equivocado y entiendo el significado dañino de aquel puño cerrado. Las cuentas no me salen o, mejor dicho, no me satisfacen. El comprar y vender nubes no es una mera transacción comercial con moneda de curso legal de por medio, ni una operación financiera con rappels y descuentos. No quiero engrandecer mi cuenta bancaria ―solvente, por ahora―, con alejamientos de sueños. Si al menos me pudiese pagar con brisas de mar…
Le llamaré hoy, también a través de su secretaria, claro, para desestimar su demanda.
4 comentarios:
pondría cada día a mi cielo una nube.
aunque fuera una de esas pequeñitas y blancas, que suelen esconderse tras las sierras.
pero para eso...hace falta mucho viento siberiano...
Para ...:
Entonces súbete al viento siberiano y sopla con él, fuerte, tanto que te olvides realmente de quién eres y tus puntos suspensivos tomen forma, distinta de la que siempre has pensado.
Después, aparecerán en tu cielo nubes, tan bellas como tú quieras verlas.
Cuidado vendedor, hay ladrones de nubes disfrazados de mentes generosas. Intentan robartelas de la manera más ruin, con un puñado de dolares, porque seguro que te pagaban en dolares...
Para Paranoico Ilusionista:
suave, Paranoico,suave... Templa, que, aunque apenas te conzco, sé que tu mirada de Loko se puede revolucionar contra el imperio...
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