La fábrica de nubes (IV)

*Viene de La fábrica de nubes (I, II y III)

De cómo fue mi nacimiento en el amanecer




"... yo no soy más que el nacimiento, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquicida
fuerza del desaliento..."

A. González

La claridad suspiró delante de mis párpados, como desencadenamientos de un huracán que lucha por empezar a soplar, sabiéndose vivo y que quiere entrar irremediablemente el ruido de sus melodiosos soplos, sin entendimientos y en busca de ellos, como dos cuerpos que se aman porque sí, sin caminos ni métodos.
Fui escupido por el mar hacia la tierra, como un parto desde los ecos remotos hacia las arenas blancas, desde la última caída, la definitiva, hacia las briznas de luz que, ahora, en aquel momento, empezaban a nacer.
Pero antes tuve que morir en aquel mar oscuro de Chacocente, no mi cuerpo y tal vez tampoco mi alma, pero sí mis perdones y mis empeños, como el sol lo había hecho por cíclica vez aquella misma tarde. Quizás, fue la mordedura de la oscuridad quien me mató. Su conocimiento me hizo entender que ya era libre, que la segunda vez ya no existe el veneno del miedo. O, tal vez, el misterio de la fábrica de nubes era demasiado grande y me había despojado de él para así hacerlo mío, desobedecerlo y a la vez encontrarlo.
Me lavé en aquel agua negra.
Y es que para crear el alba, antes tuvo que haber un atardecer muerto. Después es cuando el sol, fecundado por la noche y despojado de las iras y los amores que aprendió durante el día, resucita puro siendo otro, limpio de re-sentimientos. Todos los días.
¡Qué bella es la muerte cuando se llega a sentir desde el dejar de respirar, cuando por fin se tiene!
Y fue sólo entonces ―cuando estuve muerto―, cuando la noche hizo el amor con el mar, despacio, con caricias de ojos cerrados. Después, lo fecundó en un orgasmo unísono y tierno y preparó su vientre para una gestación que me volteó de mil maneras diferentes en aquel líquido amniótico salado. Acabé por olvidarme de quien no era y de quien creía ser.
Amanecí (nací) con el sol, a la misma vez, despojándome por mí mismo de la placenta, por el este, como él, mi parte izquierda del cerebro, la de la información neutra. Después, como también lo hace el sol cada día, ya habría tiempo de describir una parábola hacia mi parte derecha, el oeste, la parte creativa, como reverenciando la órbita de un planeta que dibuja figuras de sombras que después vuelan y desaparecen.
Pero ahora, en aquel instante, era el momento de nacer puro, sin caminos recorridos ni tampoco a la vista, sin rencores ni experiencias de los que tener que beber, sobre todo, porque ya no sabía qué era la sed.

Empecé allí, en Chacocente ―donde atardeció―, a sentir, porque fue también donde empecé a morir; y continué sintiendo en Astillero, la playa a la que el mar me había devuelto. Abrí los ojos y frente a mí amaneció una nube saliendo del mar. Por vez primera no la miraba. La acariciaba.

2 comentarios:

Deschampsia antarctica dijo...

¿Se puede remorir al igual que se puede renacer? Tú lo dices, el sol lo hace cada día. Estoy convencida de que la primera vez que se vió casi obligado a ponerse tuvo miedo y aquel día fue más largo de lo habitual.

El Vendedor dijo...

Para Deschampsia Antarctica:
se puede remorir cuantas veces quieras, en todas las ocasiones que no te guste algo de ti y no pertenezca a tu esencia.