Un tipo habla detrás de mí. Lo hace sin preocuparse por ser entendido, en un tono recto, como una máquina que no modula al transmitir un mensaje, sin entusiasmo. Ni siquiera creo que piense. Sólo habla. “Yo vivo en el piso diez ―dice―, en los bloques rojos que se ven desde la autopista”.
Claro, contesta otro tipo, claro.
No les he mirado a la cara, no sé cómo son. Quiénes son, menos aún. Tampoco me doy la vuelta. Para qué. Temo encontrarme con una pantalla de ordenador en vez de unos ojos. La cinta mecánica del aeropuerto nos traslada hasta la terminal 4000, como mercancía en serie fabricada en una cadena de producción.
―Y desde allí ― vuelve a hablar la voz automática―, desde mi piso diez de los bloques rojos que se ven desde la autopista, (cincuenta metros, pero muy bien aprovechados ―incide―), tan sólo tardo media hora en ir a trabajar.
La voz de ojeras vuelve a asentir. Después habla.
―Claro ― dice de nuevo―, claro.
El primer tipo, el que tiene bonitas vistas a la autopista, creo que ni siquiera miente. No es capaz de inventarse nada. La media hora de la que habla es la medida oficial de tiempo de esta ciudad. Yo, por ejemplo, tardo de tres a cuatro medias horas en ir a trabajar, pero hay otras muchas cosas que también son media hora: un robo cada media hora, los autobuses tardan media hora en llegar o puedes estar sin hablar con nadie durante 48 medias horas seguidas.
―Y en mi piso diez de los bloques rojos ―vuelve a decir―, desde donde tardo sólo media hora en ir a trabajar, (Claro, contesta el otro desde su ostracismo, claro), bueno ―continúa―, pues eso me permite comer algunos viernes en casa.
¡No!, pienso yo agarrando fuerte mi equipaje de mano, ¡Algunos viernes…! ¡Guau…! Ahora, lo que temo es que suelte la maldita frase que tanto he escuchado, las palabras institucionalizadas para medir los sueños de esta ciudad, como la media hora que mide el tiempo. Al final, la suelta.
―Eso es calidad de vida ―dice orgulloso.
¡Cojonudo! Creí que no iba a ser capaz de decirla, pero ahí lo tienes. Este tipo lo que necesita para reaccionar es vivir en el palomar cagado de un rascacielos, tardar tres horas en ir a trabajar y quedarse los viernes a comer y a cenar en la puta oficina. Así se sentiría menos afortunado.
Con cara de “no aguanto más”, me doy la vuelta y miro las gafas de sol que esconden sus ojos.
―Los tomates secados al sol con un cielo de nubes blancas ―le digo mientras la cinta transportadora me traslada a contra corriente―. Eso es calidad de vida.
Claro, contesta el otro tipo, claro.
Claro, contesta otro tipo, claro.
No les he mirado a la cara, no sé cómo son. Quiénes son, menos aún. Tampoco me doy la vuelta. Para qué. Temo encontrarme con una pantalla de ordenador en vez de unos ojos. La cinta mecánica del aeropuerto nos traslada hasta la terminal 4000, como mercancía en serie fabricada en una cadena de producción.
―Y desde allí ― vuelve a hablar la voz automática―, desde mi piso diez de los bloques rojos que se ven desde la autopista, (cincuenta metros, pero muy bien aprovechados ―incide―), tan sólo tardo media hora en ir a trabajar.
La voz de ojeras vuelve a asentir. Después habla.
―Claro ― dice de nuevo―, claro.
El primer tipo, el que tiene bonitas vistas a la autopista, creo que ni siquiera miente. No es capaz de inventarse nada. La media hora de la que habla es la medida oficial de tiempo de esta ciudad. Yo, por ejemplo, tardo de tres a cuatro medias horas en ir a trabajar, pero hay otras muchas cosas que también son media hora: un robo cada media hora, los autobuses tardan media hora en llegar o puedes estar sin hablar con nadie durante 48 medias horas seguidas.
―Y en mi piso diez de los bloques rojos ―vuelve a decir―, desde donde tardo sólo media hora en ir a trabajar, (Claro, contesta el otro desde su ostracismo, claro), bueno ―continúa―, pues eso me permite comer algunos viernes en casa.
¡No!, pienso yo agarrando fuerte mi equipaje de mano, ¡Algunos viernes…! ¡Guau…! Ahora, lo que temo es que suelte la maldita frase que tanto he escuchado, las palabras institucionalizadas para medir los sueños de esta ciudad, como la media hora que mide el tiempo. Al final, la suelta.
―Eso es calidad de vida ―dice orgulloso.
¡Cojonudo! Creí que no iba a ser capaz de decirla, pero ahí lo tienes. Este tipo lo que necesita para reaccionar es vivir en el palomar cagado de un rascacielos, tardar tres horas en ir a trabajar y quedarse los viernes a comer y a cenar en la puta oficina. Así se sentiría menos afortunado.
Con cara de “no aguanto más”, me doy la vuelta y miro las gafas de sol que esconden sus ojos.
―Los tomates secados al sol con un cielo de nubes blancas ―le digo mientras la cinta transportadora me traslada a contra corriente―. Eso es calidad de vida.
Claro, contesta el otro tipo, claro.
7 comentarios:
Llevo un tiempo visitando de puntillas por este negocio tuyo. Tu paso por mi orgía ha sido decisivo para que al final me anime a dejar el eco de mi voz en este espacio.
Permíteme decirte que para quienes compartimos ciudad contigo, resultan desoladores, descorazonadores, tus últimos posts.
Yo también sufro lo malo de este lugar, pero intento disfrutar lo bueno: gente fabulosa que se cruza en mi camino, copas compartidas hasta altas horas de la madrugada, una sonrisa cómplice en el metro, ese olor a tierra mojada que anuncia tormenta, el abrazo de un amigo, el último cumpleaños feliz que me entonaron...
No sé, querido Vendedor, en otro momento (tal vez tan sólo unas semanas atrás), te habría dado la razón, te habría dicho: "Sí, tío, esta jodida ciudad sólo tiene polución y rascacielos, y rostros enemigos", pero no lo creo, y tú también sabes que no es cierto.
Alguien me dijo en una ocasión que podemos huir de los demás, de una ciudad, de lo que sea, pero jamás de nosotros, porque allá donde vayamos arrastraremos con nosotros nuestros miedos, nuestros fantasmas. Deseo que allá adonde te dirijas en el futuro, te marches en paz.
Besos orgiásticos.
Para Ella Y su Orgía:
razón tienes, Ella, pero quizás la desolación y el "descorazón" es sólo cuestión de perspectiva, verlo desde arriba a vista de nube o verlo desde el suelo.
Hubo un músico ya desaparecido al que le recriminaban que siempre escribía canciones tristes.
-Cuando estoy alegre -respondió él-, sólo me queda tiempo para divertirme.
A mí me pasa igual. Cuando paseo por las nubes (el barriopaís de Lavapiés, el arte callejero en la Gran Vía, esos abrazos de los que hablas o la compañía verdadera que a veces puebla mi casa), disfruto de cada momento.
Pero mi negocio de Compra Venta de Nubes no es del todo rentable (más que nada porque me compráis pocas nubes) y me tengo que dedicar a otra trabajo donde sólo veo rascacielos horribles y escucho conversaciones rectas.
Pero no desespero: dedicaré todo mi esfuerzo en seguir soñando. No me quedáré quieto.
Así, los fantasmas se asfixiaran en el humo negro, aunque mi futuro (que sólo es mi presente) continúe estando aquí.
Vendedor; muchisimas gracias por tus palabras en mi blog.
Pase a visitarte y me encontre con este negocio que me ha encantado. Es muy original! me tomara un tiempo leer todos los post pero prometo volver a leerte. Un abrazo desde tierras argentinas.
Para Marianart:
llegué a tu blog por casualidad y me encontré con un festival de color y arte.
Alguien de tierras argentinas será siempre bienvenido en este humilde negocio.
Compradores, os recomiendo su visita:
http://marianart.blogspot.com
Creo que lo describe muy bien con sus palabras:
"Un día apareció por aquí un pseudo crítico de blogs. Se lo comió y a partir de ese día no me interesa publicar una obra inteligente, comprometida sino lo que me plazca…
Osea que esto no es más que un aviso. Amiguitos acá hay un poco de todo"
Espero no haberte molestado con mi visceral comentario, Vendedor.
¿Sabes? Yo creo que algún día reunirás el valor necesario para abandonar la autopista y los rascacielos y emplearte en cuerpo y alma en tu negocio de compraventa de nubes.
Yo me dedico a algo parecido. No soy en absoluto rica, pero me siento realizada, y en ocasiones hasta feliz.
Hace mucho opté por vivir en un Madrid muy diferente al que describes. En el mío hay parques llenos de niños que juegan y corretean y ríen, y piscinas azules en las que zambullirse, y almuerzos en casa a diario(excepto cuando quedo con algún amigo a comer fuera).
No soy ejemplo de nada, pero me apetecía contarte todo esto, por si te anima un poquito.
Besos animosos.
Para Ella:
Gracias, Ella, por tus ánimo y tu comentario. Mi Madrid, a veces, es también como el que tú descibes, excepto los niños que dices ver en los parques. Yo no los veo y los columpios son mecedidos tan sólo por el viento, dejando ese chirriante sonido a vacío.
¿Será que se esconden cuando me ven llegar?
Vendedor, hola, por fin te vuelvo a sentir.
Desde mi oasis rustico no siento la opresión de la gran ciudad, pero tampoco el abanico de posibilidades que ella encierra.
Pero también corro y me escondo, y me excedo en el trabajo, y mi mente no para ni en los sueños. Incluso el reposo que me da el ver a mis mis hijos también se escamotea, por que se entrometen en mi trabajo "sagrado", y yo además les reprimo.
Hasta que la cordura llega a mi mente, y esto suele suceder cuando el oasis se introduce en mi empujando al exterior toda la mierda que la semana me introduce.
Es entonces cuando mis niños me llenan con tan solo una mirada, una frase, un gesto. Crezco al pasear con Mir por el jardín y el reposo llega a mi alma.
Sabes, el otro día estube en nuestro Cáceres, bueno, creo que era el nuestro. Yo al menos no lo reconocí del todo. Me alegró el corazón anunque mi visita no era por causa alegre. Fué solo una visita relámpago de esas que tanto frecuentamos.
Pero sí, mi corazón se alegró de los recuerdos que automaticamente surgieron en mi mente.
Pasé por la plaza de Colón y delante de la Giraldilla (me pareció cerrada?), lloré interiormente, por el placer de haberlo vivido todo...ya hace tanto tiempo.
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